El arte de la rebusca en el negocio chiquito

PROCOMES Julio César Jiménez

Julio César Jiménez quisiera alargar el día porque no puede cubrir la demanda que tiene en su pastelería, además ha decidido cuidar de su hijo e hija.

Texto y fotos: Sandra Beatriz Moreno Sorto

La lucha es diaria. Una emergencia médica o un robo puede ser un golpe mortal a la frágil economía de un pequeño negocio en El Salvador, sin embargo nadie tira la toalla porque el futuro del grupo familiar está en juego. En muchos casos, un crédito o putxito solidario es la tabla de salvación para remontar una mala racha.

La Asociación de Proyectos Comunales de El Salvador (PROCOMES) posee un slogan que es muy cierto cuando ofertan sus servicios al público: “Créditos que realmente cambian vidas”. Y esto es real cuando sacan al pequeño comerciante de las garras del usurero. Este, como un ave rapaz, “vuela” sobre las tiendas de los barrios, las ventas de tortillas, de pupusas, de ropa, de comida,… y ofrece dinero al instante, pero con intereses diarios astronómicos que terminan por hundir a la mujer u hombre que aceptan el ofrecimiento.

PROCOMES tiene montos de créditos a partir de 60 dólares y con cuotas de 8.40 al mes. Los plazos varían de 1 mes hasta 48. Pero el o la comerciante no solo recibe el dinero, sino que también recibe una capacitación “empresarial” y asistencia técnica que ayuda a comprender la dinámica del mercado, cómo invertir mejor el crédito y los peligros que existen al trabajar con los usureros.

Los sin banco

“Beneficiamos al sector vulnerable, el que no acepta el sistema bancario tradicional”, aseguró Francisco Henríquez, de PROCOMES. Él ha organizado una reunión, a las diez de la mañana, en la sede de su institución en la zona norte de Nejapa, con mujeres y hombres que tienen sus negocios chiquitos en el caso urbano de esa populosa ciudad salvadoreña. María Antonia Rosales, de 60 años, dueña de un puesto de comida desde hace seis años, pide hablar primero. Quiere contar su caso e irse inmediatamente, porque tiene la comida a medio hacer.

“Necesitaba una cocina. Hice un préstamo de 300 dólares en 2015 y lo pagué de un solo. No pagué intereses. Después, en 2016, saqué otro y arreglé el techo de mi casa. Ahora vivo con más seguridad, y al mes pago una cuota de 45 dólares”, cuenta la experta cocinera. A ella le cuadran las cuentas, porque “uso bastante la lógica. Cada día guardo para la cuota de lo que vendo de la comida. También en mi negocio tengo a tres miembros de mi familia trabajando”.

PROCOMES Julio César Jiménez

A puro crédito, Julio César Jiménez pudo adquirir neveras y un horno industrial de segunda mano.

Al terminar su relato, María Antonia da las gracias por la invitación a la reunión y deja a su hija Elga Guadalupe Pineda, de 37 años, como su representante por si hay que dar otro dato. Cruza la calle y ya está en su negocio, justo frente a la sede de PROCOMES. El segundo en intervenir es el dueño de la Pastelería Susy, Julio César Jiménez, de 50 años, quien está acompañado de su inquieta hija Julisa del Carmen, de un año y nueve meses de edad.

Un parón en una buena racha

Él confiesa que se encuentra en un momento delicado. “He tenido que descuidar el negocio para cuidar a los niños. Tampoco puedo contratar a un empleado, porque entonces la ganancia se va en su salario”, explica Julio César. Su mirada está marcada por la preocupación. Viene de vivir tres años buenos en el negocio, ya que gracias a los talleres que recibió sobre las nuevas tecnologías, creó una página web que ha sido una plataforma publicitaria de sus productos. También se especializó en montaje de fiestas de 15 años y bodas de hasta 500 personas invitadas.

“A medida que el negocio crece las exigencias son mayores. En poco tiempo, además de las batidoras, necesité el horno industrial. Me rebusqué para conseguirlo de segunda mano. Después necesité más cámaras refrigerantes, y así fui accediendo a los créditos: cuatro de 500 dólares”, desgrana Julio César. “Y no todos los días las ventas son buenas y la competencia es grande, aunque el cliente reconoce la calidad de mi producto siempre tengo que estar innovando, porque sino la competencia me arrasa”.

Su último atrevimiento fue abrir otra sala de venta en Mejicanos, la cual es atendida por su esposa. En Nejapa tiene la producción y la primera sala de venta, donde hace malabares con el oficio de pastelero y padre al mismo tiempo. Captando el agobio del comerciante, Francisco le recuerda que juntos pueden estudiar la situación financiera del negocio y “evitar que se sobre endeude”.

A tiempo completo

Julio César acepta de inmediato el consejo e invita a todos los presentes a que pasen por su sala de venta en pleno mercado. Más tarde cataremos sus deliciosos pasteles. Pero antes escuchamos a Wendy León, especialista en la venta de jugos, licuados y golosinas. La fruta la compra en La Tiendona, el principal mercado de abastos que existe en la capital salvadoreña, San Salvador. “Todo es más cómodo ahí. Para mí, la mañana es el mejor tiempo de venta por los estudiantes que compran. Trabajo todos los días de la semana, de lunes a domingo”, cuenta.

PROCOMES crédito personales

Atraer la atención del público requiere toda la creatividad del vendedor.

Esta joven empezó a ser clienta de PROCOMES en 2015. Un amigo le dijo que prestaban dinero y ante la urgencia de adquirir otra licuadora, se animó. Otra razón fue que ya no quería seguir trabajando con crédito diario, facilitado por un usurero. “Es una persona que viene de fuera de Nejapa y se dedica a prestar dinero. En una ocasión me dio 80 dólares, y por 23 días tuve que entregarle cada día 4 dólares. Al final le pagué 92. Hubo días malos en la venta y todo lo que sacaba sólo era para la cuota diaria del prestamista”, reflexiona la vendedora.

Wendy ahora está contenta. Es madre soltera. Dos hijos: uno de 10 años y otro de 3. “Dependen de mí, y al mejorar mi negocio también mejoró la economía de mi hogar. El domingo, en la tarde, nos vamos a comer a Apopa, y les puedo comprar algo. Todos los días nos rebuscamos para salir adelante. Vivo en casa propia. Frente a ella pongo la mesita y a vender mis jugos”, comenta. Ella empezó en PROCOMES con un crédito de 300 dólares. Al mes, debía pagar una cuota de 42.

Soñar y trabajar

Otra que ha organizado su negocio en casa es Verónica Rodríguez, de 38 años. Por encargo hace panes con gallina, prepara almuerzos y riquísimos postres. ¿El más famoso? El flan napolitano. Sueña con tener una pastelería, aunque la apuesta económica peligra ante las emergencias médicas en la familia, la cual apoya con el poco dinero que consigue. Esto a su vez ha hecho que se atrase en el pago de los créditos. Pero ante los diferentes problemas que enfrenta, la sostiene su alma de luchadora nata: “A mí me gusta el trabajo. Disfruto lo que hago. Yo misma me digo: ¡Qué bonito me ha quedado el pastel! Invento con las recetas. Improviso y a la gente le gusta lo que hago”.

De salir avante de la adversidad también sabe el vendedor de ropa Elmer Solis, de 31 años. Junto con su esposa Carmen llevan seis años en el negocio. Empezaron con un canopi en la calle. Este salía volando con cualquier viento de tormenta. Una familiar les ayudó económicamente para surtir la venta y gracias a una carta que hizo a PROCOMES, consiguió que le regalaran un toldo. “Con los intereses de los créditos vamos creando un Fondo en la institución que luego nos sirve para ayudar a personas, como don Elmer, o construimos casas a las personas en condiciones de extrema pobreza que viven a las orillas de los ríos”, señala Francisco.

De una emergencia médica al usurero

El siguiente paso de Elmer fue alquilar un local por 100 dólares al mes. Feliz puso el rótulo con el nombre del puesto de ropa: Fashion. Al mismo tiempo, en 2015, sacó su primer crédito en PROCOMES: 300 dólares. “Con el dinero cubrí los primeros dos meses del alquiler y luego el tercero ya lo saqué con la venta”, indica el vendedor. El segundo crédito fue en 2016. En esta ocasión fueron 450 dólares que a su vez financiaron el paso a otro local más grande y mejor ubicado en las calles comerciales de Nejapa.

Por su puntualidad en el pago de las cuotas y por asistir a una asesoría financiera, PROCOMES dio a Elmer un bono de 700 dólares en mercadería para su negocio. Y cuando todo iba más que bien, de repente su hija de nueve años sufrió un dolor de cabeza que exigía hacerle un tac. En el Hospital Bloom, el centro médico público especialista en atender a la niñez, no funcionaba el aparato. Se va entonces a una clínica privada. Le cobraron 250 por el examen. Esto lo descapitalizó y en consecuencia, se atrasó en la cuota de PROCOMES y en el alquiler del local.

Y la ayuda económica que les mandó un familiar de Estados Unidos se la robaron en el autobús. Y ante la desesperación, su esposa Carmen cayó en las manos de un usurero… “A diario tenemos que pagarle 80 dólares”, confiesa totalmente derrotado Elmer. El primero en reaccionar ante la dolorosa situación del vendedor, es Francisco. “Vamos hablar. Todo es negociable”, el dice con voz segura.

El resto de vendedores y comerciantes presentes en la reunión dan muestras de apoyo y solidaridad a Elmer. Todo el mundo es consciente que en estos momentos es Elmer el que está en peligro de perder lo que con tanto esfuerzo y lucha ha conseguido, pero el día de mañana puede ser uno de ellos. Y precisamente, en los momentos de desgracia, se agradece que alguien te tienda su mano amiga.

PROCOMES Elmer Solis

Tiempos duros viven Elmer Solis y su esposa Carmen. Después de luchar por seis años, la pareja enfrenta una crisis económica ya que tuvieron que cubrir una gasto médico por la enfermedad de unas de sus tres hijas y eso los dejó sin efectivo. Debido a la angustia aceptaron dinero de un prestamista particular y ahora los pagos diarios consumen la pequeña ganancia de su puesto de ropa en Nejapa, El Salvador.

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